¡No Puedo Ser Perdonada; Es Demasiado Tarde! ¡Demasiado Tarde!
28 de August, 2026

¡No Puedo Ser Perdonada; Es Demasiado Tarde! ¡Demasiado Tarde!

Hubo una joven que era muy amable y también alguien a quien yo conocía. Ella falleció a los dieciséis años. Era hija de padres respetables y piadosos de uno de los estados de Nueva Inglaterra.

Se había dedicado considerable atención a la preparación de su mente. No he podido averiguar con exactitud hasta qué punto su mente había sido instruida en la verdad de la fe religiosa durante su infancia.

Es seguro que, desde sus primeros años, había considerado la religión con mucho respeto y albergaba en su corazón la esperanza de convertirse en cristiana antes de morir.

Una mañana, en particular, la primera impresión que ella tuvo al despertar fue que debía abrazar la religión en ese mismo instante, aceptar a Cristo y entregarse a Él, y que su alma corría un peligro inminente de perderse si lo posponía.

Ella reflexionó sobre este sentir, razonó, oró y finalmente tomó la firme decisión de que se iba a arrepentir y aceptar la oferta de salvación antes de que terminara aquel día. En realidad, ella no se arrepintió en ese mismo momento, pero se propuso hacerlo a lo largo del día.

Sin embargo, el día trajo consigo sus preocupaciones y placeres; las ocupaciones y las compañías llenaron las horas del día, y la noche la sorprendió casi tan despreocupada como lo había estado durante meses.

A la mañana siguiente, sus deseos religiosos se renovaron y se profundizaron. Los votos incumplidos del día anterior le causaban cierta inquietud. Ella ya no sentía la misma confianza en sí misma que había tenido antes; pero, en esta ocasión, había tomado una resolución muy firme.

Estaba tan decidida a alcanzar su propósito ese día que consideraba que el asunto difícilmente podía seguir siendo objeto de duda.

Y la angustia de su alma dio paso al reconfortante pensamiento de que ella pronto sería una cristiana. Ella había dado, según creía, un paso; se había propuesto solemnemente alcanzar la meta y se había comprometido a arrepentirse y buscar a Dios ese mismo día.

Se sentía, tal como ella misma lo expresaba, comprometida, y apenas albergaba dudas sobre el cumplimiento de su propósito. Era algo que ella iba a hacer con seguridad.

Ese día también transcurrió como el anterior. Ella no se arrepintió ni buscó a Dios. Ciertamente, en varias ocasiones durante el día pensó en la resolución que se había propuesto, pero ya no con aquel interés abrumador que había sentido por la mañana, y no se llevó a cabo nada decisivo.

Al día siguiente, sus deseos se renovaron una vez más y volvió a reafirmar su propósito de arrepentirse y buscar a Dios, pero este se desvaneció tal como había sucedido antes.

Y de esa manera continuó sus días tomando y rompiendo sus propósitos de buscar a Dios, hasta que finalmente su ansiedad y su deseo se disiparon por completo y ella recayó totalmente en su anterior estado de indiferencia hacia Dios.

Sin embargo, ella no era absolutamente indiferente; seguía esperando y proponiéndose ser cristiana, pero sus propósitos y deseos ahora postergaban su cumplimiento para un tiempo más lejano, y ella regresaba a las mismas preocupaciones y placeres del mundo con el mismo interés que antes tenía.

Por aquel entonces, ella se fue a vivir a una aldea vecina y no volví a verla hasta unos tres meses después, cuando una mañana, a primera hora, fui llamado para visitarla en su lecho de muerte.

Al amanecer del día en que falleció, se le informó que sus síntomas se habían vuelto alarmantes y que su enfermedad probablemente sería mortal.

La noticia fue terriblemente impactante para ella. En un momento dado, su angustia se hizo tan intensa y sus fuerzas estaban tan agotadas que se vio obligada a concluir que su alma estaba perdida, que ya nada se podía hacer por ella, y por un instante pareció librar una lucha espantosa para aceptar mentalmente el destino fatal que le aguardaba.

Pero, ¡oh, esa palabra: perdida! Todo su ser se estremecía ante tal pensamiento.

Ya era casi mediodía. Habíamos pasado la mayor parte de la mañana orando junto a su lecho o intentando guiarla hacia el Salvador, pero todo lo que se hacía parecía inútil. Sus fuerzas estaban casi totalmente agotadas, ya no se percibían signos vitales en las extremidades, el sudor frío de la muerte se acumulaba en su frente y una desesperación aterradora parecía dispuesta a apoderarse de su alma.

Ella vio, y todos nosotros también vimos, que el momento fatal estaba cerca y que su futuro se presentaba lleno de un horror absoluto.

Ella luchaba contra esa idea. Volvió la vista hacia mí y pidió a todos los presentes que imploraran una vez más al Dios de misericordia en su favor.

Todos nos arrodillamos de nuevo junto a su lecho y, tras encomendarla una vez más a Dios, intenté de nuevo dirigirla hacia el Salvador. Yo comenzaba a repetir algunas promesas que consideraba oportunas cuando, de repente, ella me interrumpió diciendo con énfasis:

“¡No puedo ser perdonada; es demasiado tarde! ¡Demasiado tarde!”

Y, aludiendo nuevamente a aquella resolución que había tomado de arrepentirse y buscar a Dios, me rogó que exhortara a todos los jóvenes de mi congregación a no descuidar la fe y la vida espiritual como ella había hecho; que no sofocaran ni ahogaran la convicción de arrepentirse y buscar a Dios con una mera resolución de arrepentirse después.

“Advertidles, advertidles. Tomad mi caso como ejemplo.”

Y de nuevo intentó orar, pero volvió a desmayarse.

Continuó así, alternándose entre la lucha y el desmayo, cada esfuerzo sucesivo más débil que el anterior, hasta que el último esfuerzo convulsivo puso fin a la escena y su espíritu emprendió su vuelo eterno.

—Rev. E. Phelps, D. D.

“Buscad al Señor mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano.” —Isaías 55:6