Madge Está Muerta y David Está Loco
Era la primavera del año 1891, mientras el reverendo C. B. Ebey estaba teniendo una reunión cristiana en Colgrove, California. Dos señoritas jóvenes y su hermano, quienes habían sido asistentes regulares a la reunión, fueron puestos bajo una profunda convicción por el Espíritu de Dios; pero ellos no cedieron, sino que resistieron a Dios.
La hermana menor de los tres era una señorita sana y brillante de tan solo 14 años de edad, llamada Madge.
Un día, el Hno. Ebey le dijo:
“Madge, yo creo que esta reunión está llevándose a cabo por ti.”
Madge sintió que debía entregarle su corazón a Dios y decidió hacer justamente eso: entregar su corazón a Dios. Pero su hermano David la convenció de que no lo hiciera y de que esperara un tiempo más.
Su hermano David amaba mucho a Madge y sabía perfectamente bien que, si ella se salvaba —si aceptaba a Cristo en su corazón y se convertía en cristiana—, eso significaría el fin de todos los placeres mundanos que ambos tanto disfrutaban.
Así que David convenció a su hermana Madge de no aceptar a Cristo en ese momento y de esperar unos pocos años más. Entonces, después de un tiempo, los dos serían salvos.
La reunión cristiana terminó, y ambos hermanos le habían dicho claramente al Espíritu de Dios:
“Espera hasta un tiempo más conveniente.”
Unas pocas semanas después, el Hno. Ebey recibió un mensaje que decía que Madge había muerto y le preguntaban si podía llegar a su casa inmediatamente.
El Hno. Ebey fue a la casa tan pronto como pudo.
La madre de Madge lo recibió en la puerta de la casa y le dijo:
“Hno. Ebey, usted ha venido a un hogar triste. Madge está muerta y David está loco.”
Cuando el doctor finalmente dio el diagnóstico de que Madge no iba a vivir, David, su hermano, entró donde ella estaba, se hincó al lado de la cama y comenzó a orar como solamente un pecador lo pudiera hacer.
La oración era que Dios salvara a Madge.
David le urgía —le rogaba con insistencia— a su hermana Madge que orara; pero ella estaba tan enferma que no podía hacer ningún esfuerzo, ni aun hablar. Así, sin poder orar por su salvación eterna, Madge murió sin dejar ninguna evidencia de que su alma hubiera sido salva.
La tensión —la horrible carga y culpa— de lo que acababa de suceder fue demasiado para aquel joven. Cuando se dio cuenta de que su amada hermana había muerto sin ser salva —sin tener a Cristo en su corazón y había ido al infierno— y de que él mismo había sido la causa de tan horrible condición, perdió la razón y quedó loco.
Escrito para esta obra por el Rev. F. A. Ames
Nota para el lector:
El Espíritu de Dios ciertamente llamará a la puerta de tu corazón. Te llamará para que tomes la decisión de arrepentirte de tus pecados, volverte a Él de todo corazón y abrir la puerta de tu vida para que Él entre, te limpie y te salve.
No detengas tu respuesta. No pienses que más adelante lo harás, que quieres disfrutar un poco más los placeres del pecado y del mundo o que no estás listo para ser cristiano. No pienses que habrá otra oportunidad porque es posible que no haya más oportunidades. Nunca sabes cuándo será tu última oportunidad.