Te Loamos Oh Dios
¿No volverás a darnos vida, para que tu pueblo se regocije en ti? — Salmo 85:6
En sus propias palabras, aquí tenemos el testimonio del doctor escocés autor de este hermoso canto, su nombre era: William P. Mackay.
Mi amada madre había sido una mujer muy piadosa y temerosa de Dios, la cual muchas veces me hablaba acerca del Salvador, y muchas otras veces yo había sido un testigo de cómo ella luchaba en oración por la salvación de mi alma pero, nada de eso había tenido un impacto profundo en mí.
Mientras más viejo yo crecía, más impío me volvía.
Un día un trabajador sufrió una lesión sería y fue llevado al hospital, el caso parecía no tener ninguna clase de esperanza.
Este hombre parecía que se daba cuenta de su verdadera condición, ya que él todavía estaba completamente consciente.
Él se dirigió a mí y me preguntó por cuánto tiempo más él iba a durar, yo le di mi opinión de una manera, lo más precavida y sabia que pude.
Yo continúe diciéndole: ¿Tienes tú algún pariente a quien le podamos notificar? El paciente movió su cabeza mostrando negatividad.
Su único deseo era ver a la dueña de la casa donde él vivía, porque él
le debía una pequeña cantidad de dinero y también deseaba despedirse de ella.
Él también pidió que la dueña de la casa le enviará “El libro”
Yo lo fui a visitar regularmente, aproximadamente una vez al día.
Lo que más me impactó era aquella expresión constante en su rostro qué irradiaba quietud, casi felicidad en medio de una situación tan horrible.
El hombre finalmente murió y después de su fallecimiento, algunos asuntos personales de él tenían que ser resueltos y mi presencia era requerida.
¿Qué haremos con esto? — Preguntó la enfermera, levantando un libro en su mano.
¿Qué clase de libro es ese? — Pregunte.
Es la biblia del pobre hombre — respondió la enfermera.
Añadiendo: Durante todo el tiempo que él pudo, él la leyó y cuando él ya no pudo leer su Biblia más, él la guardó debajo de la cubierta de su cama.
Yo tomé esa Biblia, no podría creer lo que mis ojos miraban.
Era mi propia Biblia…
La Biblia que mi madre me había dado a mí cuando yo dejé el hogar de mis padres y la Biblia que yo después, al no tener dinero la vendí por una pequeña cantidad.
Mi nombre todavía estaba escrito en ella, escrito por el propio puño y letra de mi madre.
Con un profundo sentido de vergüenza, miré aquella Biblia.
Aquel precioso libro qué le había consolación y alivio a aquel hombre desafortunado en sus últimas horas de vida.
Aquel libro que había sido una guía para él hacia la vida eterna, de tal manera que él había podido morir en paz y felicidad.
Ese libro el último regalo de mi propia madre, que yo había vendido por un precio ridículo.
Que sea suficiente decir, qué el volver a ganar la posesión de mi propia Biblia fue la causa de mi conversión a Cristo.