¡Oh, Martha, Martha, Has Sellado Mi Condenación Eterna!
El reverendo Thomas Graham, un destacado predicador cristiano de avivamiento de la Conferencia de Erie de la Iglesia Metodista Episcopal, relata la siguiente triste experiencia:
Un hombre que vivía en el condado de Westmoreland, Pensilvania, tenía profundos sentimientos religiosos y había comenzado una vida de fe.
Por aquel entonces, él contrajo matrimonio con una mujer decididamente irreligiosa que se oponía a sus convicciones. Ella le obligó a abandonar el culto cristiano familiar y a dejar de orar en privado, persiguiéndolo con su oposición hasta que él, finalmente desanimado, desistió de caminar con Dios y de tener una relación con Él. El Espíritu de Dios lo abandonó.
Este hombre le confesó al reverendo Sr. Potter, un ministro presbiteriano, que estaba perdido para siempre y que sabía exactamente cuándo y dónde el Espíritu de Dios se había marchado de su vida definitivamente. Decía que él iba camino al infierno, pero que eso no le importaba en lo más absoluto.
Después de haber dicho estas palabras al ministro, este hombre vivió unos diez años más y luego murió en medio de una agonía espantosa.
Este hombre, que estaba ya muriendo, le pidió a su esposa un vaso de agua, pues él no iba a poder conseguir ninguna donde iba a ir.
Cuando su esposa le llevó el agua, él, tomándola, la bebió con un deseo excesivo y con angustia. Luego, mirando a su esposa a la cara, exclamó:
“¡Oh, Martha, Martha, has sellado mi condenación eterna!”
Y después de decir estas terribles palabras… murió.