¡Ahí Está Maggie En La Puerta!
“Yo iré a él, pero él no volverá a mí.” —2 Samuel 12:23
Una mujer cristiana anciana, una mujer santa y madura, recientemente durmió en Jesús. Unos años antes de su propia muerte, esta anciana había sufrido la muerte de su hija favorita, cuyo nombre era Maggie.
Justo antes de exhalar su último aliento, justo antes de morir, Maggie le había dicho a su amada madre:
“Madre, cuando tú vengas al cielo, yo estaré en la puerta esperándote. Seré la primera en darte la bienvenida.”
Y justo después de haberle dicho esas palabras a su amada madre, el espíritu de Maggie se elevó a los reinos de la dicha, a la gloria eterna del cielo y a la presencia del Cordero.
Y ahora, después de haber pasado un tiempo desde la muerte de Maggie, la querida anciana estaba muriendo. Ella esperaba con alegría recibir a sus seres queridos que la visitaban, pues la fe en Jesucristo quita todo el dolor de la muerte.
Ella no podía dejar de pensar en su querida Maggie y en sus últimas palabras: “Estaré en la puerta del cielo esperándote”. Su hija mayor la cuidaba en sus últimos momentos de vida.
El final se acercaba rápidamente, pero ella estaba completamente consciente.
—Madre —le dijo su hija mayor—, ¿te canto tu himno favorito?
—Sí —dijo la santa moribunda—, “Esperándome y velando por mí”.
Su hija mayor cantó la primera estrofa del popular himno de Marianne Farningham:
“Cuando me haya finalmente despedido del mundo, y con alegría me acueste a descansar, cuando los vigilantes digan suavemente: ‘Ha muerto’ y junte mis pálidas manos sobre mi pecho; y cuando al fin, con mi visión glorificada, vea las murallas de esa ciudad, ¿habrá alguien en la hermosa puerta esperándome y velando por mí?”
Justo cuando la hija mayor, cantando, repetía las palabras: “¿Habrá alguien en la hermosa puerta...?”, su madre se levantó de su cama, como si viera a su amada hija muy cerca, y exclamó:
“¡Ahí está Maggie en la puerta!”
Estas fueron sus últimas palabras. El espíritu de aquella anciana cristiana partió “para estar con Cristo, lo cual es mucho mejor”.
Lector, ¿tienes algún ser querido en el cielo? ¿Estás en el camino que lleva a ese hermoso y santo lugar? ¿Estás seguro de que eres apto para la santa compañía del cielo? ¿Has hecho votos a aquellos que están más allá del valle de entregar todo a Cristo y guardar tan constantemente todos sus santos mandamientos que ellos te recibirán en la puerta y se regocijarán al darte la bienvenida a la dicha eterna del cielo? ¿O has olvidado cumplir esos votos tan solemnemente hechos a tus seres queridos y a Dios? Si es así, apresúrate a cumplirlos.
Hazlo ahora, o podrías perder para siempre el cielo y la compañía de tus seres queridos en la tierra. ¿Lo harás? ¿Lo harás… ahora?
—Rev. A. Smith, Utica, N. Y.