El Niño Mártir
El destacado evangelista E. P. Hammond nos escribe desde su hogar en Hartford, Connecticut, el 11 de agosto de 1898, y nos envía el siguiente artículo, fidedigno y muy conmovedor, para esta obra:
Me ha sorprendido notar cuántos niños han preferido morir como mártires antes que negar a Jesús. Quiero contarles sobre uno de estos jóvenes mártires:
En Antioquía, donde por primera vez se les llamó cristianos a los discípulos, había un diácono de la iglesia de Cesarea que, por ser cristiano, fue sometido a crueles torturas para obligarlo a negar al Señor que lo había comprado con su preciosa sangre.
Mientras era torturado, él seguía declarando su fe, diciendo:
“No hay más que un Dios y un mediador entre Dios y los hombres: Cristo Jesús.”
Su cuerpo estaba ya casi destrozado. El cruel emperador Galerio parecía disfrutar al contemplar su sufrimiento.
Finalmente, este mártir rogó a sus verdugos que le preguntaran a cualquier niño cristiano qué era mejor: adorar a un solo Dios, Creador del cielo y de la tierra, y a un solo Salvador, que murió por nosotros y podía llevarnos a Dios, o adorar a los muchos dioses y señores a quienes servían los romanos.
Cerca de allí se encontraba una madre romana que había llevado consigo a un niño de nueve años para que presenciara los sufrimientos de aquel mártir de Cesarea.
Se le hizo la pregunta al niño. Él respondió rápidamente:
“Dios es uno, y Cristo es uno con el Padre.”
El perseguidor, lleno de nueva ira, exclamó:
“¡Oh, vil y malvado cristiano, que has enseñado a este niño a responder así!”
Luego, volviéndose hacia el niño, le dijo con un tono más suave:
“Hijo, dime: ¿Quién te enseñó a hablar así? ¿Dónde aprendiste esta fe?”
El niño miró con amor el rostro de su madre y dijo:
“Dios, quien se lo enseñó a mi madre, y ella me enseñó que Jesucristo amaba a los niños pequeños; por eso aprendí a amarle a Él, porque Él me amó primero.”
“Veamos qué puede hacer por ti el amor de Cristo”, gritó el cruel juez; y, ante una señal suya, los oficiales que estaban allí con sus varas, al estilo romano, agarraron rápidamente al niño y se prepararon para torturarlo.
“¿Qué puede hacer ahora el amor de Cristo por él?”, preguntó el juez, mientras la sangre brotaba de la tierna carne del niño.
“Le ayuda”, respondió la madre, “a soportar lo que su Señor padeció por él cuando murió por nosotros en la cruz.”
De nuevo golpearon al niño, y cada golpe parecía atormentar a la madre tanto como al propio pequeño.
Mientras los golpes, cada vez más rápidos y fuertes, caían sobre el muchacho ensangrentado, preguntaron:
“¿Qué puede hacer ahora el amor de Cristo por él?”
Las lágrimas brotaron de los ojos de los paganos cuando aquella madre romana respondió:
“Le enseña a perdonar a sus verdugos.”
El niño observaba los ojos de su madre y, sin duda, pensaba en los sufrimientos de su Señor y Salvador; y cuando sus verdugos le preguntaron si ahora serviría a los dioses que ellos adoraban, él respondió con firmeza:
“No negaré a Cristo. No hay ningún otro Dios, solo uno, y Jesucristo es el Redentor del mundo. Él me amó y murió por mí, y yo le amo con todo mi corazón.”
Finalmente, el pobre niño se desmayó bajo los continuos azotes, y arrojaron su cuerpo desgarrado y sangrante a los brazos de la madre, diciendo, pues creían que había muerto:
“Mira lo que el amor de Cristo ha hecho ahora por tu hijo cristiano.”
Mientras la madre abrazaba a su hijo tiernamente contra su pecho, respondió:
“¡Ese amor lo llevará de la ira de los hombres a la paz del cielo, donde Dios enjugará todas las lágrimas!”
Pero el niño aún no había cruzado el río. Abriendo los ojos, dijo:
“Madre, ¿podrías poner una gota de agua de nuestro fresco pozo sobre mi lengua?”
Al cerrar el niño sus ojos en la muerte, la madre dijo:
“Ya has probado, hijo amado, del manantial que brota para vida eterna. ¡Adiós! Tu Salvador te llama. ¡Feliz, feliz mártir! Que Él conceda a tu madre la gracia de seguir tu luminoso camino.”
Para sorpresa de todos, pues creían que había cerrado los ojos y exhalado su último aliento, el niño alzó finalmente la mirada hacia donde se encontraba el otro mártir y dijo casi en un susurro:
“Solo hay un Dios y Jesucristo, a quien Él ha enviado.”
Y con estas palabras en sus labios resecos, pasó a la presencia de Dios, donde hay plenitud de gozo, y a su diestra, donde hay delicias para siempre.
¿Es usted, querido lector, cristiano? Si no lo es, puede llegar a serlo ahora mismo. Ese mismo Jesús que sangró y murió para salvar a aquel pequeño niño romano sufrió en la cruz por usted, y está siempre dispuesto a darle un corazón nuevo, de modo que le ame tanto que esté dispuesto a sufrir la muerte antes que negarle.