Muerte Eterna—El Resultado de la Tardanza
Un joven que se llamaba Smith estaba parado, observando con interés todo lo que estaba ocurriendo en una reunión cristiana de oración al aire libre en Rootstown, Ohio.
Uno de los ministros que estaban allí, al observar a este joven que estaba mirando con interés, se le acercó y habló con él acerca de Dios.
Los ojos de aquel joven se llenaron de lágrimas. Parecía que aquel joven estaba muy inclinado a buscar a Dios; parecía que Smith iba a responder al llamado de Dios.
De repente, uno de sus compañeros, que era impío, al percibir que Smith estaba inclinándose a buscar a Dios, dio un paso al frente y, mirando a Smith cara a cara, le dijo:
“Smith, yo no fuera un tonto.”
El pobre Smith no pudo resistir semejante influencia impía y, secándose las lágrimas con sus manos, dio la media vuelta y se fue.
Smith permaneció cerca del lugar de la reunión por un tiempo más, hasta que terminó la reunión. Después se fue con sus compañeros.
Sus compañeros bromeaban con él acerca de lo que Smith sentía.
Para demostrarles a sus compañeros que él no tenía ni sentía aquello que ellos suponían, Smith comenzó a maldecir y a blasfemar contra Dios de una manera extremadamente horrible y a burlarse, de todas las maneras imaginables, de las cosas relacionadas con la religión y la fe.
De repente, sin que nadie lo esperara, una gran rama de un árbol cayó sobre Smith y lo mató.
Smith, todavía con una maldición en su lengua, fue llevado forzosamente a la presencia de Dios, a quien él había estado blasfemando. No se le dio a Smith ninguna clase de advertencia; el juicio había llegado.
—Rev. Thos. Graham