La Horrible Muerte De Un Caído
El siguiente es un breve relato acerca de la vida y muerte de William Pope, de Bolton, en Lancashire.
Él fue en un tiempo miembro de la sociedad metodista. Era cristiano, además de un hombre salvo y feliz. Su esposa, quien fue una cristiana santa y devota, murió triunfalmente.
Después de la muerte de su esposa, el celo que William tenía por la fe cristiana comenzó a declinar y, al asociarse con profesores caídos, entró en la senda de la ruina. Los compañeros que tenía William en ese tiempo aún profesaban creer en la redención de los demonios, y él se convirtió en un admirador de sus ideas. Pasaba tiempo con ellos y, en cierta ocasión, llegó a emborracharse en su compañía.
Finalmente, William se convirtió en discípulo de Thomas Paine —un enemigo del evangelio de Cristo— y se asoció en la ciudad de Bolton con un grupo de personas deísticas, las cuales creían en un dios creado por la naturaleza, no cristiano. Estas personas se reunían los domingos para confirmarse unos a otros en su incredulidad y falta de fe cristiana. Se entretenían tirando la Biblia al piso, dándole patadas por todo el cuarto y pisoteándola bajo sus pies.
Dios finalmente puso su mano sobre el cuerpo de este hombre, y cayó gravemente enfermo de tuberculosis.
A un hombre llamado Sr. Rhodes se le pidió que visitara a William Pope, quien le dijo lo siguiente:
"La pasada noche yo creo que estaba en el infierno, y sentí los horrores y los tormentos de los condenados. Pero Dios me trajo de regreso otra vez y me ha dado un respiro por un poco más de tiempo. La oscuridad del terror de la culpabilidad ya no la tengo pesadamente sobre mí como antes la tenía, y tengo algo como una débil esperanza de que, después de lo que yo he hecho, Dios todavía pueda salvarme".
Después de exhortarlo a que se arrepintiese y tuviera confianza en el Salvador Todopoderoso, el Sr. Rhodes oró con él y se fue.
Por la tarde-noche, William envió por él otra vez. Lo encontró en una gran agonía, abrumado con una angustia amarga y desesperación. El Sr. Rhodes se esforcó por animarlo, le habló acerca de los infinitos méritos del gran redentor y le mencionó varios casos en los cuales Dios había salvado a grandes pecadores. Pero William le respondió:
"Ninguno de los casos que me has mencionado es comparable al mío; yo no tengo arrepentimiento, no me puedo arrepentir. Dios me condenará; yo sé que el día de gracia ha pasado. Dios ha dicho de aquellos que están en la condición en la que yo me encuentro: «Me reiré de vuestra calamidad, y me burlaré cuando os viniere el miedo»".
El Sr. Rhodes le preguntó:
"¿Has conocido alguna vez algo de la misericordia y el amor de Dios?".
Él respondió:
"Oh, sí, hace muchos años yo verdaderamente me arrepentí, busqué al Señor y encontré paz y felicidad".
El Sr. Rhodes oró con él después de exhortarlo a buscar al Señor y a tener grandes esperanzas de ser salvo. William parecía estar muy afectado y le rogó que presentara su caso en su sociedad y que orara por él. El Sr. Rhodes hizo exactamente eso esa misma noche, y se presentaron muchas peticiones por él.
El Sr. Barraclough relata lo siguiente de lo que pudo presenciar:
"Fui a ver a William Pope, y tan pronto como me vio, exclamó: «Tú has venido a ver a uno que está condenado para siempre». Le respondí: «Espero que no, Cristo puede salvar al peor de los pecadores». Él me dijo: «Yo le he negado; yo le he negado, por lo tanto, él me echará para siempre. Sé que el día de gracia ha pasado, se ha ido... ido, para nunca más regresar».
Le supliqué que no fuera tan apresurado y que orara. Me respondió: «Yo no puedo orar, mi corazón está endurecido, no tengo ningún deseo de recibir cualquier bendición que venga de la mano de Dios». Después de decir estas palabras, gritó: «¡Oh, el infierno, los tormentos, el fuego que siento! ¡Oh, eternidad, eternidad! Morar por siempre con los demonios y los espíritus condenados en el lago de fuego tiene que ser mi justa porción»".
El día jueves, el Sr. Barraclough lo encontró gimiendo bajo el peso del desagrado de Dios. Sus ojos se agitaban de un lado para otro, levantaba sus manos y con vehemencia gritaba:
"¡Oh, las llamas ardiendo, el infierno, el dolor que siento! Yo lo he hecho, he hecho la acción, la horrible acción que condena".
Mientras el Sr. Barraclough oraba, William dijo con una ira inexplicable:
"¡Yo no tendré la salvación de la mano de Dios! No, no, no se la voy a pedir".
Después de una pausa corta, clamó:
"¡Oh, cómo deseo estar en el foso sin fondo, en el lago que arde con fuego y azufre!".
Al día siguiente, el Sr. Barraclough lo vio de nuevo y le dijo:
"William, tu dolor es inexpresable".
Él gimió y con voz muy fuerte clamó:
"La eternidad explicará mis tormentos. Te lo diré de nuevo: estoy condenado, no tendré salvación".
Luego lo llamó como para hablarle, pero tan pronto estuvo a su alcance, lo golpeó en la cabeza con toda su fuerza y, crujiendo los dientes, gritó:
"¡Dios no oirá tus oraciones!".
En otra ocasión dijo:
"Yo he crucificado al Hijo de Dios nuevamente y he tenido por inmunda la sangre del pacto. ¡Oh, esa obra horrible e impía de blasfemar en contra del Espíritu Santo, la cual sé que he cometido!".
Fue escuchado varias veces exclamando:
"Yo solo quiero el infierno, ven, oh demonio, y tómame".
En otra ocasión dijo:
"¡Oh, qué cosa tan terrible es! Cuando podía, no lo hacía; y ahora que debo, no puedo".
También afirmó que se sentía más satisfecho cuando maldecía.
El día en que murió, el Sr. Rhodes lo visitó y le pidió el privilegio de orar por él una vez más. William clamó con gran fuerza —considerando su debilidad—:
"¡No!".
Y así murió en la noche, sin Dios.
Caído de la gracia, ¿sabes que estás en grave peligro de las llamas del infierno? ¿Sabes que rápidamente te estás acercando a la línea invisible que cruza cada sendero y marca el límite entre la misericordia de Dios y su ira?